
La Constitución israelí establece que el primer
ministro puede disolver el parlamento y citar a nuevas elecciones cuando
su coalición de gobierno esté amenazada y no pueda garantizar la
aprobación del presupuesto para el siguiente año. Una vez más fue este
el caso que hace un par de meses llevó a que Beniamin Netanyahu
optara por el “borrón y cuenta nueva” en momentos en que una alta
popularidad le permitía opciones casi seguras para su reelección.
Los dolores de cabeza por temas como la inclusión de los religiosos
ultraortodoxos en las filas del ejército, la siempre polémica asignación
de recursos estatales para el rubro de la seguridad y otro monto para
la construcción de asentamientos, no se curaron con un par de aspirinas.
Bibi (apodo del mandatario desde sus tiempos en la milicia) obtuvo el
visto bueno de sus copartidarios del derechista ‘Likud’ para jugar de nuevo a la ruleta cuando ya era evidente la desintegración de la congregación del opositor partido ‘Kadima’, ganador de los comicios anteriores en cabeza de la excanciller Tzipi Livni
quien, a propósito, vencidos los plazos no logró formar coalición de
gobierno, tras lo cual Netanyahu recibió en bandeja de plata la silla
del ejecutivo.
Para enfrentar la nueva campaña, Bibi sorprendió con una astuta jugada
política. Abrazó a su polémico canciller Avigdor Liberman, lider del
ultra derechista partido Israel Beiteinu (Israel nuestra casa) personaje
acusado de racista y de feroz opositor a la causa palestina.
Este matrimonio por conveniencia permitía pensar que el ahora imparable
Likud-Beiteinu recuperaba su naturaleza derechista al tiempo que
conseguiría con facilidad 45 escaños en la nueva Knesset a los que sólo
bastaba agregar, con muy pocas concesiones, 16 curules más de otras
congregaciones para llegar a la codiciada mitad más uno.
Pero las cosas cambiaron. Los últimos domingos llegaron los resultados
de las encuestas en las que la nueva alianza perdía las sillas
potenciales. A ello se sumó la acusación formal de la Fiscalía contra
Líberman por los delitos de fraude y abuso de poder hace cuatro semanas.
Líberman renunció a la cancillería, pero continuó en la foto electoral.
Los contendores del primer ministro pescaron en río revuelto y
recordaron al electorado las bien deterioradas relaciones con
Washington, el creciente déficit fiscal, el fracaso de la negociación
con los palestinos, los altos gastos en la infructuosa lucha contra el
programa nuclear iraní y el no haber aplastado, como prometió en su
momento, al terrorismo del Hamás en la reciente operación “Pilar
Defensivo”.
El último sondeo refleja que Netanyahu alcanzará un máximo de 32
curules, mientras resultaron fortalecidos los partidos Laborista de Shelly Yahimovich que lograría 14, el nuevo partido derechista Habait Hayehudí (El hogar judío) del millonario Naftalí Bennett,
antiguo asesor de Netanyahu y quien se perfila con 17 escaños, y la
sorpresa política por cuenta del ex presentador de noticias Yahir Lapid con su Yesh Hatid (hay futuro) que acomodaría 12 sillas.
Netanyahu, no logra dormir tranquilo. Mientras debe cumplir
simultáneamente sus funciones de gobernante y candidato, tiene claro que
a pesar de una victoria asegurada en número de votos, la izquierda y el
centro bien podrían sumar electores suficientes para derrotar la
pretensión de un nuevo gobierno de naturaleza derechista.
Paradójicamente la palabra la tienen sus enemigos políticos con quienes
seguramente tomará café a puerta cerrada en los próximos días mientras,
mientras el presidente Shimon Peres, con su acostumbrada serenidad, le
pedirá a su secretaria que marque un número telefónico, los niños harán
cuentas matemáticas en las escuelas y los ciudadanos escribirán chistes
en facebook.